Cuando
el Títere apareció en escena, la trama que separa lo presente
de lo imaginario se deshilachó y pudimos ver la Realidad; los pensamientos
abstractos de los mayores se trocaron en acción y por fin los entendimos,
claros como la luz. Y cuando el Títere representó ese cuento
que ellos ya no comprendían, pero que siguen repitiendo como un
eco, descubrimos sin que lo supieran todas sus debilidades, de las que,
me parece, ya no pueden escapar.
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